Hambre de naturaleza. Entrevista a Richard Louv

Richard Louv, padre del concepto ‘déficit de naturaleza’, autor de ‘Los últimos niños en el bosque’, explica lo importante que será nuestro vínculo con el medio natural para sanar el estrés tras el confinamiento y prevenir nuevas pandemias. Dejar un espacio físico y psicológico para los animales en las ciudades será cada vez más importante, asegura, y propone crear “corredores de vida salvaje” en el medio urbano. Augura un hambre de salida que nos hará disfrutar de la reconexión con el entorno, tanto a los adultos como a los niños, pero solo habrá conexión verdadera sobre la base de un apego emocional, llamado amor.

Analia Iglesias

Richard Louv.

Hace más de una década, Richard Louv acuñó el término ‘déficit de naturaleza’, como contrapeso del extendido ‘trastorno por déficit de atención’ que se diagnostica demasiado a menudo en los niños contemporáneos. Con su libro Los últimos niños en el bosque (traducido al español y publicado por Capitán Swing, en 2018), este escritor norteamericano nacido en 1949 había comenzado a desbrozar una senda que se iría ensanchando entre educadores y padres dispuestos a restituir ese vínculo que parecía cortado entre la infancia y la vida silvestre.

En El Asombrario ya reseñamos su libro-faro y hay otras dos obras suyas editadas en España –Volver a la naturaleza (RBA Integral, 2012) y Naturaleza y salud (RBA Integral, 2019)– en las que se explaya sobre ese síndrome. Pero Louv va más allá; es autor de una decena de títulos –entre ellos, Vitamina N (editado el pasado otoño por Kalandraka)– y del blog desde el que promueve actividades lúdicas y formativas en el medio natural a través de sus organizaciones aliadas. Hemos hablado con él a propósito del extraño contexto en que se encuentra metido el mundo:

¿Qué reformularía en sus libros si los escribiera hoy, con los datos de este presente de epidemia y aislamiento preventivo entre humanos?

No hay cosas que reformular, pero sí que enfatizar. En un ensayo que preparo para una nueva edición estadounidense de Los últimos niños del bosque, planeo abordar el asunto de una posible reacción violenta contra los animales salvajes. Subrayaré esto: el movimiento de salud pública One Health se volverá aún más importante, centrándose en la salud de las personas, en la de otras vidas y la de la Tierra misma. La biodiversidad no es el problema; es la solución. La pandemia nos recuerda la necesidad crucial de proteger y extender las zonas silvestres como un imperativo de salud pública para los seres humanos y para otras especies. Hacer sitio físico y espacio psicológico para los animales en las ciudades será cada vez más importante (por ejemplo, crear corredores de vida salvaje). Los ‘grupos vecinales de vigilancia de la vida silvestre’, para proteger tanto a los animales como a las personas, deben estar a la vanguardia del debate que se avecina. Hay una sección muy relevante en este libro (cuyo título es ‘Nuestra llamada salvaje: cómo nuestra conexión con los animales puede transformar nuestras vidas y salvar las suyas’), sobre lo que yo llamo los “entre” (o intermediarios). El animal más responsable de la pandemia es el ser humano.

¿Cuánta naturaleza vamos a necesitar después de este encierro marcado por la obligada inmersión en la tecnología?

Con lo que nos estamos encontrando es con un intenso crecimiento, tanto de interés público como de los medios, en la conexión con la naturaleza, debido a la reclusión que nos ha impuesto el virus. Los programas que promueven actividades infantiles al aire libre han sentido el golpe, porque literalmente no han podido realizarse, y su financiación puede estar en riesgo. Sin embargo, podría producirse lo que yo llamo un ‘efecto tirachinas’: los programas y sus presupuestos están retrocediendo ahora a causa de la reclusión, pero el hambre de conectar con la naturaleza puede estar en su punto más alto y está cimentando esa nueva conexión. Mientras los parques cierran, la tensión aumenta. Ahora, cuando las restricciones para no salir de casa han comenzado a aflojarse, la demanda de conexión con el exterior probablemente será mucho mayor que antes de la pandemia. ¿Habrá capacidad para satisfacer esa demanda?

¿Somos conscientes del impacto que este tiempo que han pasado los niños dentro de casa (exclusivamente en compañía de adultos) y de escuela online puede tener en nuestros hijos? ¿Qué trastornos podemos esperar o prevenir?

Lo del niño sedentario y de interior ha sido algo común incluso antes del coronavirus. No solo en los barrios urbanos y suburbanos, sino también en las zonas rurales, a pesar de que la naturaleza está justo en la puerta de casa. Los seres humanos han estado trasladando más y más actividades dentro de casa desde la irrupción de la agricultura y, más tarde, con la Revolución Industrial, y a través de un continuo aumento de la urbanización en todo el mundo. Las mutaciones sociales y tecnológicas en las últimas tres décadas han acelerado ese cambio, no solo en las ciudades sino también en las zonas rurales. Entre ellas, cabe mencionar el diseño deficiente de barrios, hogares, escuelas, lugares de trabajo; el miedo a los extraños amplificado por los medios; los peligros reales en algunos vecindarios, incluidos el tráfico y las sustancias tóxicas.

Además, hay una criminalización del devenir natural de la vida social, con actitudes, convenios y reglamentos comunitarios y buenas intenciones. Gran parte de la sociedad ya no ve el tiempo de independencia o el que pasa en el mundo natural como un juego imaginativo y enriquecedor. La tecnología ahora domina casi todos los aspectos de nuestras vidas. La tecnología no es, en sí misma, el enemigo, pero nuestra falta de equilibrio es letal.

En contraste con los apenas 60 trabajos de investigación que cité en Los últimos niños en el bosque, publicado en 2005, hoy disponemos de más de un millar de estudios sobre la desconexión digital y los beneficios para la función cognitiva, la salud física y mental y el bienestar social. Pueden encontrar resúmenes de esos estudios en en nuestra biblioteca de investigación.

¿Nos preocupa más su bienestar presente o nos asusta el estrés postraumático de estos niños que serán adultos mañana?

Gran parte de la cobertura mediática está describiendo el trauma emocional del aislamiento social extendido. En realidad, ese trauma puede aumentar tras el confinamiento. Después del tiroteo masivo en la escuela Sandy Hook en Newtown, Connecticut, me pidieron que hablara a las familias en el salón del ayuntamiento de la localidad, y lo hicieron a los tres meses de ocurrida la tragedia, porque entendían que la conexión con la naturaleza podía ser terapéutica. En los sobrevivientes, el postrauma se intensifica aproximadamente tres meses después de ocurrido el acontecimiento. Hoy, a menudo se menciona el vínculo con la naturaleza como una forma de curar el trauma psicológico de la pandemia. A corto plazo, crecerán los esfuerzos para mostrar a las familias, las escuelas y las comunidades cómo conectarse con la naturaleza en torno a su hogar. Children & Nature Network, por ejemplo, ha lanzado un site especial –FindingNature.org– para ayudar a la gente a hacerlo. Y, entre otras, está en marcha una campaña en el Reino Unido con la vitamina N (de Naturaleza) como leit motiv.

¿Cree que esta es una buena oportunidad para un ‘reset’ social? (hablamos de tráfico, cohesión territorial, negocios locales, más vida y actividades en el vecindario)

Absolutamente. Los padres y los encargados de elaborar políticas deben preguntarse: ¿Cómo será el mundo pospandémico respecto a la conexión entre la naturaleza y el ser humano? ¿Nos estamos preparando ahora para maximizar los beneficios y reducir los peligros de esa conexión? ¿Qué se necesitará para que nuestra especie actúe sobre la alteración del clima, el colapso de la biodiversidad, la amenaza de extinciones masivas y las pandemias en curso relacionadas con la manera en que tratamos a los animales?

Establecer una relación entre los hechos, los datos y la lógica es claramente insuficiente. Necesitamos al menos dos caminos adicionales para abordar el asunto. El primero es el amor: un profundo apego emocional a la naturaleza que nos rodea. El segundo elemento es una esperanza creativa: nuestra capacidad para describir un futuro que valga la pena crear. El ecofilósofo australiano Glenn Albrecht argumenta que solamente “un cambio en la línea de base de las emociones y los valores ha funcionado” para transformar los hechos en acciones, en temas como el feminismo, el matrimonio entre personas del mismo sexo y la discriminación racial. La razón por la cual estas causas han progresado en Australia y en otros países es porque “trataban del amor”. Por eso las imágenes de animales sufriendo y el heroísmo humano en Australia fueron tan importantes. Nos recordaron, al menos por un tiempo, que pertenecemos a una familia más grande, una que vale la pena amar. Ahora tenemos la oportunidad de construir, sobre este anhelo intensificado de relación que nos deja la pandemia, un vínculo mayor con nuestros seres queridos y con el resto de la naturaleza.

Fuente: elasombrario.com

 

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